El camino de mirar hacia adentro y volver a habitarse
“Reconcéntrate para irradiar; deja llenarte para que rebases luego, conservando el manantial. Recógete en ti mismo para mejor darte a los demás todo entero e indiviso. «Doy cuanto tengo», dice el generoso; «Doy cuanto valgo», dice el abnegado; «Doy cuanto soy», dice el héroe; «Me doy a mí mismo», dice el santo; y di tú con él, y al darte: «Doy conmigo el universo entero». Para ello tienes que hacerte universo, buscándolo dentro de ti. ¡Adentro!”
—Miguel de Unamuno
No es hasta que se expande, que identificas la contracción
Recuerdo una vez que fui a que me dieran un masaje por la simple razón de que quería hacer algo especial por mí. Al llegar al centro de masajes, me recibió un lugar cálidamente ambientado con luces tenues, velas, música, aromas… y las manos expertas de una mujer sensible que ama lo que hace.
La masajista comenzó por un lado de mis hombros y espalda. Sentía cómo mi cuerpo se relajaba, y otras veces se resistía. Bueno, la verdad es que al principio se resistía más que relajarse.
Según ella iba trabajando, me sorprendía ir descubriendo cuánto mi cuerpo estaba cargando y acumulando sin que yo lo supiera. También me llamó la atención cuánto esfuerzo tuvo que poner ella para que mi cuerpo lograra soltar.
Y lo más que me sorprendió ocurrió cuando terminó con un lado de mis hombros y espalda y pasó al otro. Un momento muy revelador para mí. Gracias al marcado contraste, fue entonces que pude distinguir claramente cuán relajado y expandido estaba el lado trabajado… y cuán rígido y contraído el que faltaba.
Es decir: el que estaba en su estado “normal”. Ese estado en el que vivía la vida con el cuerpo en malestar… y sin tener conciencia de ello.
Lo corporal como metáfora del alma
Igual me pasó cuando por primera vez me acerqué a manejar la crisis de mi matrimonio poniendo la mirada en mí.
No me había percatado de lo contraída que estaba. Y no porque hubiese estado en una relación de violencia o maltrato. Para nada.
Sino porque había cosas en mí que cambiaron, intereses que surgieron, metas que afloraron… y al elegir mis prioridades, yo misma no les di su lugar.
Una y otra vez me olvidé de mí y me di la espalda. Y me acostumbré a ello.
Nos olvidamos de nosotras.
Y ni tan siquiera nos damos cuenta.
En mis roles de maestra y coach es algo que veo todo el tiempo. Inadvertidamente nos olvidamos de nosotras. Y por supuesto, veo como los hombres también se olvidan de sí mismos.
Verte para volver a ti
No es hasta que tornamos la mirada hacia nosotras que podemos comenzar a vernos.
Y cuando comenzamos a vernos, podemos tener acceso a claridad que informe nuestras nuevas conductas y decisiones.
Y lo que además veo, es que es entonces cuando algunos matrimonios se salvan. Porque si las partes evolucionan, se abre la posibilidad de construir algo nuevo.
También es ahí cuando otros entienden que ha llegado su momento de cerrar el ciclo. Y lo hacen con claridad y consciencia. Sabiendo que el producto del trabajo interno hecho los orienta en esa dirección.
De la contracción a la expansión
Ese fue mi caso. Y por eso pude ejercer un caminar firme y expansivo en medio del dolor.
Pero antes de llegar a ese tramo, el camino fue hacia adentro. Habitarme. Ser. Y ofrecerme a la vida en plenitud.
Si este tema resonó contigo, quizás también quieras leer: 3 señales de que necesitas atender lo que está pasando en tu relación
Para explorar mis servicios de acompañamiento, puedes escribirme por aquí: para coordinar una llamada gratuita.

Isandra es educadora y Coach de Relaciones especializada en generar relaciones auténticas, amorosas, sanas y felices- comenzando con la propia. Y si toca pensar ese momento, también apoya a personas que deseen transicionar una ruptura, separación o divorcio de forma respetuosa, sana y consciente.
La exabogada es madre, amante de la naturaleza y apasionada del aprendizaje continuo. Disfruta su vida explorando nuevas formas de cocrear un mundo más amoroso, sano y feliz.

